Primera lectura
El Señor ha perdonado tu pecado. No morirás
Lectura del segundo libro de Samuel.
En aquellos días, Natán dijo a David:
«Así dice el Señor, Dios de Israel:
“Yo te ungí rey de Israel y te libré de la mano de Saúl. Te entregué la casa de tu señor,
puse a sus mujeres en tus brazos, y te di la casa de Israel y de Judá. Y, por si fuera poco,
te añadiré mucho más.
¿Por qué has despreciado la palabra del Señor, haciendo lo que le desagrada? Hiciste
morir a espada a Urías el hitita, y te apropiaste de su mujer como esposa tuya, después
de haberlo matado por la espada de los amonitas. Pues bien, la espada no se apartará de
tu casa jamás, por haberme despreciado y haber tomado como esposa a la mujer de
Urías, el hitita”».
David respondió a Natán:
«He pecado contra el Señor».
Y Natán le dijo:
«También el Señor ha perdonado tu pecado. No morirás».
Palabra de Dios.
Salmo responsorial
R. Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado.
V. Dichoso el que está absuelto de su culpa,
a quien le han sepultado su pecado;
dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito
y en cuyo espíritu no hay engaño. R.
V. Había pecado, lo reconocí,
no te encubrí mi delito;
propuse: «Confesaré al Señor mi culpa»,
y tú perdonaste mi culpa y mi pecado. R.
V. Tú eres mi refugio,
me libras del peligro,
me rodeas de cantos de liberación. R.
V. Alegraos, justos, y gozad con el Señor;
aclamadlo los de corazón sincero. R.
Segunda lectura
Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas.
Hermanos:
Sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe en
Jesucristo, también nosotros hemos creído en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe
de Cristo y no por las obras de la ley.
Pues por las obras de la ley no será justificado nadie.
Pues yo he muerto a la ley por medio de la ley, con el fin de vivir para Dios.
Estoy crucificado con Cristo; vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en
mí.
Y mi vida de ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se
entregó por mí.
No anulo la gracia de Dios; pero si la justificación es por medio de la ley, Cristo habría
muerto en vano.
Palabra de Dios.
Aleluya
R. Aleluya, aleluya, aleluya. V. Dios nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados. R.
Evangelio
Sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho
+ Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
En aquel tiempo, un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él y, entrando en casa
del fariseo, se recostó a la mesa. En esto, una mujer que había en la ciudad, una
pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino trayendo un
frasco de alabastro lleno de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se
puso a regarle los pies con las lágrimas, se los enjugaba con los cabellos de su cabeza,
los cubría de besos y se los ungía con el perfume. Al ver esto, el fariseo que lo había
invitado se dijo:
«Si este fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que lo está tocando, pues
es una pecadora».
Jesús respondió y le dijo:
«Simón, tengo algo que decirte».
Él contestó:
«Dímelo, Maestro».
Jesús le dijo:
«Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro
cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de ellos le
mostrará más amor?».
Respondió Simón y dijo:
«Supongo que aquel a quien le perdonó más».
Le dijo Jesús:
«Has juzgado rectamente».
Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón:
«¿Ves a esta mujer? He entrado en tu casa y no me has dado agua para los pies; ella, en
cambio, me ha regado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con sus cabellos.
Tú no me diste el beso de paz; ella, en cambio, desde que entré, no ha dejado de
besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha
ungido los pies con perfume. Por eso te digo: sus muchos pecados han quedado
perdonados, porque ha amado mucho, pero al que poco se le perdona, ama poco».
Y a ella le dijo:
«Han quedado perdonados tus pecados».
Los demás convidados empezaron a decir entre ellos:
«¿Quién es este, que hasta perdona pecados?».
Pero él dijo a la mujer:
«Tu fe te ha salvado, vete en paz».
Después de esto iba él caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo,
proclamando y anunciando la Buena Noticia del reino de Dios, acompañado por los
Doce, y por algunas mujeres, que habían sido curadas de espíritus malos y de
enfermedades: María la Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana,
mujer de Cusa, un administrador de Herodes; Susana y otras muchas que les servían con
sus bienes.
Palabra del Señor.
Evangelio
Sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho
+ Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
En aquel tiempo, un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él y, entrando en casa
del fariseo, se recostó a la mesa. En esto, una mujer que había en la ciudad, una
pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino trayendo un
frasco de alabastro lleno de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se
puso a regarle los pies con las lágrimas, se los enjugaba con los cabellos de su cabeza,
los cubría de besos y se los ungía con el perfume. Al ver esto, el fariseo que lo había
invitado se dijo:
«Si este fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que lo está tocando, pues
es una pecadora».
Jesús respondió y le dijo:
«Simón, tengo algo que decirte».
Él contestó:
«Dímelo, Maestro».
Jesús le dijo:
«Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro
cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de ellos le
mostrará más amor?».
Respondió Simón y dijo:
«Supongo que aquel a quien le perdonó más».
Le dijo Jesús:
«Has juzgado rectamente».
Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón:
«¿Ves a esta mujer? He entrado en tu casa y no me has dado agua para los pies; ella, en
cambio, me ha regado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con sus cabellos.
Tú no me diste el beso de paz; ella, en cambio, desde que entré, no ha dejado de
besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha
ungido los pies con perfume. Por eso te digo: sus muchos pecados han quedado
perdonados, porque ha amado mucho, pero al que poco se le perdona, ama poco».
Y a ella le dijo:
«Han quedado perdonados tus pecados».
Los demás convidados empezaron a decir entre ellos:
«¿Quién es este, que hasta perdona pecados?».
Pero él dijo a la mujer:
«Tu fe te ha salvado, vete en paz».
Palabra del Señor.